jueves, 23 de agosto de 2012
jueves, 16 de agosto de 2012
Crónica 3
EN POS DE LA MÚSICA
Por: Claudia Patricia Figueroa Ch.
Edward Fernando Villarreal, veintiún
años, estudiante de primer nivel de licenciatura en música en la Universidad
Industrial de Santander. Esta es la
realidad básica de un gran amigo de mi infancia. Ambos procedemos de un
pueblito cálido de Santander: Sabana de Torres. Hoy, en mi séptimo semestre de
licenciatura en español y literatura puedo verme en él como aquel día que
decidí venir sola a estudiar, sin conocer nada ni a nadie, solo buscando
realizar mi sueño. La música está en sus venas, creo que ese es uno de los lazos
más fuertes que unen nuestra amistad, y es en pos de ella que Edward ha decido
separarse de la comodidad de su hogar, de la calidez de una comida hecha por
mamá, de la cercanía en que se vive en el pueblo con los demás. Él, es el hijo
mayor de dos hermanos hombres. Antes de venirse a estudiar música
profesionalmente ya había hecho una carrera técnica en logística y distribución
y se había preocupado por aprender a tocar piano y bajo de la mejor manera;
esto como forma de aprovechar el tiempo mientras comenzaba el cumplimiento de
su verdadero ideal de vida.
Sin embargo, las cosas al llegar a la
ciudad bonita no han sido fáciles. Sus padres, frente a la situación de
incertidumbre permanente que vive la UIS, no están muy de acuerdo en que él
invierta cinco años o más en una carrera que al fin y al cabo no le generará
muchos ingresos. – Es muy chistoso, mi mamá siempre había dicho que escogiera
estudiar lo que yo quisiera, que eso era lo importante y cuando le dije que
quería estudiar música en la Uis casi le da un paro – me dice con una carcajada
en su garganta a punto de estallar. Luego, con un tono más reflexivo, me dice –
Ella quería que yo fuera ingeniero. Así es, para la mayoría de nosotros, los
estudiantes de licenciatura, no es fácil hacer lo que hacemos, no es la carrera
más apetecida por las personas que aspiran ser ricos algún día, pues lo que se
requiere para transitar este camino es la verdadera convicción de lo que se
desea hacer en la vida y no dejarse amedrentar por lo que la sociedad
colombiana ha impuesto como más “digno”.
Allí, sentada frente a él, con mi cámara
en mano, veo sus ojos apagados, su rostro cansado, son las ocho y media de la noche
de un día que para él aún no termina. – Normalmente un día para mí empieza a
las cuatro y cuarenta de la mañana, gracias a la grandiosa idea de las clases a
las seis. Me levanto, me pego un baño, me preparo y me voy a coger el
metrolínea para viajar durante meeeedia hora hacia la universidad -. El rigor
del sueño pesa sobre sus párpados y cede ante la petición de ser cerrados.
A su llegada a la Uis es curioso pensar
en la coincidencia de tantas vidas en una entrada, así, cerca de las seis de la
mañana se agolpan los estudiantes para acceder a la universidad entre los
cuales se encuentra Edward. Toda su mañana se encuentra copada de clases y al
asomarse el medio día corre para tratar de obtener un combo saludable. ¿Por qué
combo? – Porque es más económico y no hace daño – me dice mientras se acomoda
en el sillón en el que se encuentra sentado.
Al continuar con el recuento de su día,
él me lleva al momento de su descanso, de doce y treinta a tres de la tarde.
Realmente lo que ocurre en ese lapso no es lo que se esperaría que pasara, es
el momento del contacto con su instrumento, ya que, por las cosas de la vida,
no pudo entrar directamente a piano, debe practicar más disciplinadamente en el
que le fue asignado, contrabajo. No conozco hombre más disciplinado en la
música que él; recuerdo que mientras mis amigos y yo salíamos de alguna parte
en que estábamos reunidos y por casualidad pasábamos por su casa, siempre se
escuchaba un piano que se interrumpía de tajo y volvía a iniciar. No había once
de la noche que por la carrera doce no se escuchara ese piano que algún día
dejó de sonar cortadamente. Más que su talento, es su disciplina; por eso no se
pueden desperdiciar horas valiosas del día, porque ya se aproxima el momento de
partida hacia lo que por su esfuerzo y dedicación ha conseguido como ayuda
económica, un trabajo en un instituto, donde es profesor de música. – Para mí
es muy bacano estar dando ya clases de música, como usted sabe, esto era lo que
yo quería y vea, antes de tener mi cartón ya soy profesor. No obstante, este no
es su única fuente de ingresos, antes de venirse a estudiar, había trabajado en
una empresa de petróleos en la que ganó para pagar su matrícula y para comprar algunas
“chucherías” para mujeres, como las llama él, que vende los fines de semana en
Sabana de Torres.
- Por no tener plata no voy a dejar de
estudiar, ¡ja! – alude con su ceño fruncido. La clave del éxito no está en los
que se rinden, sino en los que continúan intentándolo a pesar de… Luego de
salir del instituto, se dirige hacia su habitación, que por fortuna, pudo
conseguir con muy bajo precio y que con el salario de las clases de música y de
las “chucherías” logra suplir. – No es que mis papás se hayan olvidado de mí,
simplemente es una necesidad que tengo de trabajar para tratar de recompensar
todo lo que han hecho por mí y para independizarme Aunque es pesado porque el
cansancio y la exigencia es mucha, no importa, en un país como Colombia la
necesidad lo lleva a uno a eso - me dice
mientras se dirige a la cocina a preparar algo de comer.
Un café y un pan son el resultado de su visita
a la cocina, vuelve a sentarse en sillón y continúa contándome su rutina –
Después de que llego del instituto, busco algo de comer y me pongo a estudiar
solfeo que es lo que más duro le da a uno porque es de práctica, de nada más;
es más, ahorita que usted se vaya adivine qué es lo que voy a hacer ¿Ah? -. Quizás
esté deseando que me vaya, el estar yo ahí implica invertir más tiempo de
valioso sueño, por eso me apresuro a investigar la hora normal del término de
su jornada; once y treinta de la noche, me responde con un tono añorante en su
voz.
¿Quién ha dicho que es fácil realizar
los sueños? Quien lo haya dicho es porque no ha empezado a cumplir ninguno de
los suyos. Enfrentarse a la vida sin comodines no es más que la oportunidad de
desarrollarse a plenitud; gracias a esa falta de ayudas se forja en el ser
humano el sentido de la responsabilidad, de la gratitud y del respeto por
aquellos que hasta ese momento dieron todo de sí para que sus hijos tuvieran lo
mejor. Es, pues, el hecho de conseguir los sueños con esfuerzo, el camino más
certero para ser profesionales íntegros, de esos que aman su trabajo, que
realmente tienen vocación y dan lo mejor que tienen. Será muy gratificante
cuando al término de su carrera, Edward vea sus ilusiones en la atmósfera de la
realidad y así pueda creer que lo imposible está en la mente y que ese será
apenas el comienzo de una nueva etapa en la que la única manera para alcanzarla
es permitiéndose soñar.
jueves, 12 de julio de 2012
Crónica 2
El viaje de la vida
Por Patricia Figueroa
Por Patricia Figueroa
Se acercó el día de mi tan anhelado viaje. Una
larga semana había transcurrido y llegaba el vienes, día de partir a mi tierrita
bella. Las cosas, por fortuna, marchaban muy bien; ese día mis profesores de
didáctica y de inglés accidentalmente coincidieron en no hacer clase,
permitiéndome tener todo el día libre. En vísperas de ese evento, me había
dedicado a preparar todo mi equipaje con anterioridad para que no faltara ni
una de las cosas que normalmente suelo olvidar. Fue así como, al ver todo
listo, decidí ir a visitar a una pareja de amigos y de paso apartar un cupo en
el carro de ellos que muy temprano al otro día viajaría rumbo a Sabana de
Torres.
En
efecto, muy a las cuatro y treinta de la madrugada escuché los golpes de mi
amigo en la puerta de mi habitación que me anunciaban 15 minutos para alistarme
y salir a tiempo. Debo confesar que fue muy difícil levantarme porque es casi imposible
acostarse a dormir temprano al lado de dos personas que hace mucho tiempo no
visitabas. Con tres horas y media de sueño encima, mi amigo y yo salimos de la
casa sin oportunidad de despedirnos de la familia que quedaba en casa, teniendo
solo la impresión de que todo en sus vidas marchaba bien.
Al lado del edificio se
encontraba el parqueadero, menos mal no estaba más lejos porque creo que no
hubiera aguantado caminar más de la pesadez del sueño que llevaba encima. Nos
subimos al carro, un taxi renault symbol modelo 2006 que estaba cubierto de una
leve capa de polvo desde las llantas al techo. No presté mucha atención a esto, lo
único en que pensaba en ese momento era en entrar en el carro y recibir ese calorcito que de
seguro estaba encerrado allí.
Tomamos
varios atajos, luego la autopista, después la carrera 19 y finalmente nos
estacionamos en un parqueadero de la carrera 18 con avenida Quebradaseca que, para
mi sorpresa, ya se encontraba habitado de otras personas que al igual que
nosotros buscaban un sitio donde estacionar y tomar una taza de café.
Cuando
mi amigo pudo parquear el carro en uno de los pequeños espacios que quedaban,
me dijo con una expresión de sarcástica alegría: - Bueno Patri, ahora a
esperar-. Una de las cosas más difíciles en la vida es esperar y más cuando las
circunstancias no son tan agradables; yo deseaba llegar pronto al calor de mi
tierra y de mi casa para encontrar un lugar donde descansar a gusto y reponer
todas las horas de sueño que mi cuerpo exigía. Sin embargo, no había más
remedio, y tratando de esquivar toda la impaciencia que produce el hecho de
aguardar la acción de otros, decidí bajar del carro y aceptar la invitación de
tomar un café con mi amigo.
Mientras
absorbíamos el suave vapor que emanaba de nuestras tazas, deseando que todo ese
abrigo inundara hasta lo más profundo de nuestro ser, supe que nada de lo que
estaba sucediendo era nuevo para mi amigo, que todo ese ambiente se había
convertido en su cotidianidad y que contrario a mí, que casi moría de desgano,
él resistía erguido el frío y el sueño. No era para menos, ese era su trabajo
desde hacía cinco años, pero que desde mucho antes tampoco era desconocido. Él, al
igual que yo, tenía la experiencia de un padre que también había transportado gente por muchos años para poder traer el sustento a su hogar. Es por eso que
desde niños nuestros caminos se cruzaron, nuestros padres pertenecieron a la
misma cooperativa de transportes de Sabana de Torres, quienes tenían la labor
de transportar a la gente del pueblo a la ciudad de Bucaramanga y viceversa.
Aparentemente,
ese empleo no era muy complicado y más para los que tenía carro propio. Sin
embargo, no puedo dejar de recordar todos los días que mi padre tuvo que salir
con lluvia o sin ella en la madrugada, enfermo o no a tratar de conseguir un viaje de ida y
de regreso, sorteando accidentes, policía y hasta los planes de sus mismos
compañeros quienes también trataban de conseguir su sustento a toda costa.
Tampoco olvido los pocos días completos que pude pasar con él en mi niñez y adolescencia, pues su trabajo
me permitía verlo en las noches, con un gran agotamiento en su rostro que decía: “quiero
dormir”. No fue fácil para él ni para nosotros, y creo que no lo es para las familias de los conductores.
“Chinchi”,
como cariñosamente le decimos a mi amigo, decidió seguir los pasos de la
primera profesión de su padre, no porque hubiera querido hacerlo, sino porque los
circunstancias de su vida lo obligaron a eso. Su novia, enfermera de profesión, quedó embarazada mientras él cursaba el quinto semestre de tecnología
ambiental. Sus estudios tuvieron que ser suspendidos por la necesidad de conseguir dinero para su nueva familia que, a decir verdad, no había sido planeada
para ese momento. –Fue duro para mí, aunque yo amo a Karina, en ese momento yo
no estaba preparado para asumir esa responsabilidad; a mí me dio durísimo,
imagínese, acostumbrado a que mi papá me diera todo y de un momento a otro
tener que trabajar, no era si quería, era que tenía que hacerlo porque había
una bebé de por medio-. Desde ahí encontró un carro de una señora que permitió
que él lo manejara y con lo poco que le quedaba, después de cancelar la cuota
de la dueña, el parqueadero, peajes, gasolina y planillas, pudo solventar el
parto de su mujer.
A
mi pregunta de qué pensaba de su trabajo me respondió: - Es un trabajo extraño
porque hay días en que a usted le va bien, pero hay días en que se queda debiendo
más de lo que se ganó. Cuando uno se mete a esto es porque le gusta manejar
pero con el tiempo eso se va convirtiendo en un tedio, tener que lidiar con
gente es tenaz. Muchas veces las personas lo tratan a uno bien y le agradecen, pero
hay otras que tratan de humillarlo a uno. Esto es un trabajo dar y recibir,
nosotros le hacemos un favor a la gente de buscarlos en la casa y dejarlos en
la parte específica donde quiera quedarse por veinte mil pesitos, pero hay gente
que pareciera que les estuviéramos sacando los ojos y hay también conductores
que tratan muy mal a los pasajeros siendo que ellos son los que nos dan de
comer-.
A
las cinco de la mañana completa por fin el cupo de los cuatro pasajeros que “Chinchi”
necesitaba para iniciar el viaje. Es impresionante ver cómo coontrola el carro
en que vamos con tanta facilidad, aunque hay partes realmente intransitables.
El viaje fue divertido, su espontaneidad y alegría no han cambiado nunca, “Chinchi”
sigue riéndose de las cosas simples y de las no tan simples también. Creo que
esa es una de las armas que le ha permitido soportar un empleo tan monótono y
desagradecido por muchos, tan sufrido y anhelado por otros. –Hoy voy a llegar
temprano a la casa porque vamos a salir con Karina y el niño a visitar a la
nona-, me dice con una sonrisa en sus labios y con unos ojos que esperan
impacientemente ver sus planes realizados. Para él, hacer cualquier cosa que lo
saque de esa rutina y de ese ambiente de hostilidad que se respira entre los
conductores es ganancia.
A
las ocho y treinta de la mañana pisamos suelo sabanero, ¡qué alegría tan grande
nos inunda! A mí por el deseo de ver a mi familia y mis amigos ese fin de
semana y a Chinchi por el deseo de encontrar rápido otros cuatro pasajeros para
poder devolverse a su casa en Bucaramanga. Cuando me dejó en la puerta de mi
casa, le miré a los ojos y con un
sentimiento sincero le dije: ¡Gracias! Quería expresarle el gran trabajo que
hacía, que, aunque muchos no lo veían, era de un gran alivio para una comunidad
que necesita transportarse desde su casa a otro lugar a
cualquier hora; que sabe que puede contar con gente que tratara a toda costa de cuidar sus vidas y dejarlos en
las mejores condiciones en un lugar para realizar sus actividades. Con una
sonrisa como es usual en él me dijo:- Naaa es con gusto, china, yo estoy para servirle. Y con el mismo entusiasmo se sube a su carro y se va buscando un nuevo viaje por emprender.
miércoles, 4 de julio de 2012
Después de una larga ausencia...
Debo admitir que pensé, luego de terminado mi sexto
semestre, que no volvería a acordarme de este espacio. Sin embargo, hoy
vuelvo otra vez, con la excusa de que debo continuarlo para la misma materia
del periodo pasado y me encuentro con tantos trabajos en los cuales están
inmiscuidos tantos recuerdos de anécdotas por las que tuve que pasar para
producir cada uno de los resultados que están puestos aquí y dispuestos a
permanecer en la virtualidad, pero también en mi memoria.
En esta ocasión en el curso de Didáctica II
nos enfocaremos en la producción de crónicas, y, pensándolo bien, si quisiera
podría escribir cientos de crónicas de cada evento que sucede en mi vida. Por
lo pronto, me voy a referir a uno en especial: Mi fin de semana.
Mientras
llega el lunes…
Por: Patricia
Figueroa
Hay un concepto de fin de semana que se
maneja entre la gente y es el que señala al sábado y domingo como
los días de remate en que no se va a trabajar ni a estudiar. Sin embargo, al
mirar el calendario por el que estamos regidos, de estos dos días solo uno
corresponde al final y el otro al principio de la semana. Desde este punto, el
descanso que nos otorga la ley y la cultura corresponde a los mejores días de
una secuencia imaginada.
En algunos casos especiales, los fines
de semana no sugieren solo estos dos días, ya que el mismo cerebro consiente o
inconscientemente, se ha encargado de prolongar este periodo de tiempo uno o
hasta dos días, y en otros casos de personas extra especiales, se ha alargado
todo el resto de días.
En mi caso, comienzan los preparativos
para este periodo de tiempo desde el día jueves. Por esta fecha, en la que he
vuelto de unas vacaciones cortas y muy agitadas, solo llevo tres días de estar
otra vez en la ciudad bonita y ya estoy pensando en irme de
aquí. No es que no me guste ni que no me amañe, simplemente la sangre, la
tierrita y el calorcito sabanero me llama a gritos y yo muy sumisa acudo a su
llamado. Así, pues, decidí hacer mis maletas desde ese momento, pues al día
siguiente no tendría mucho tiempo para eso y nada de lo requerido se podía
quedar por falta de planificación.
El viernes, prácticamente ya en el
respiro deseado, asistí a mi nueva clase de Didáctica de la lengua materna II,
en la que recibí la noticia de que debía escribir los sucesos del fin de
semana. ¡Nooo, trabajo para el fin de semana! ¡Bueno, qué se le puede hacer!,
me dije. Luego, asistí a mi primera clase de inglés, en la que por fin me pude
ubicar y que no resultó ser tan angustiosa ni preocupante como me la había
imaginado. Felizmente, me dirigí a mi cuarto, luego de un delicioso almuerzo; tomé mis maletas y abordé el carrito que muy gentilmente por veinte mil pesos,
estuvo dispuesto a llevarme a mi pueblo. ¡Ah, qué alegría! En mi mente se dibujaban
todos los planes que hasta el momento estaban en lista, pero que muy
nubladamente me los imaginaban de una y de otra forma porque no tenía
realización hasta el momento.
Dos horas y media después, me
encontraba en mi casa, olvidando el caluroso viaje que me adormeció por el
trayecto y lista para salir con mis padres a comer algo y a disfrutar de
nuestra compañía. Buscamos por todo el pueblo un lugar que satisficiera todos
nuestros distintos gustos, pero no hayamos otro, más que el restaurante Donde
Tota, que fue capaz de darle a mi papá una lengua en salsa, a mi mamá
un caldo con huevo y arepa y a mí una deliciosa hamburguesa de pollo,
acompañados de un jugo de tomate de árbol, otro de lulo con leche y,
finalmente, un milo.
Ya el sábado, no tenía mucho afán de
madrugar, por esa razón, me permitieron dormir hasta las 8:30 de la mañana, en
la que tuve que desayunar con una parte de la hamburguesa que yo había guardado
para el otro día. Encendí el televisor y traté de ver la continuación de una
película que se llama pantalones en verano, o algo así, pero cuando se
ponía más emocionante, se dañó la señal y no quise seguir esperando a que se
dignaran a arreglarla.
Se acercaban las tres de la tarde y en
mí se aumentaba una emoción muy fuerte, pues se acercaba la hora en que algunos
chicos de mi iglesia y yo viajaríamos a un lugar llamado Puente Sogamoso a
reunirnos con los muchachos de allá para realizar una reunión juvenil y pasar
la noche y parte del domingo en la mañana. Así fue, a las tres de la tarde me dirigí
hacia el lugar de encuentro en el que muy puntualmente ya se encontraba la
mayoría de los muchachos que tenían planeado ir. Esperamos como a cuatro o
cinto y listo, se encendieron los motores y a viajar. Hacía algún tiempo yo
había tenido la oportunidad de ir a aquel lugar, pero lo había hecho de noche y
en unas circunstancias que no me habían permitido disfrutar del paisaje ni del
viaje. Calor, viento, risas, fueron el complemento que hicieron el trayecto
agradable.
Y, luego de una hora y media, nos
encontramos a la entrada del pueblo, perdidos y con varios guías que a la larga
estaban perdidos igual o peor que nosotros. Por fin encontramos el lugar, luego
de treinta minutos de recuerdos vagos que habían hecho que diéramos vueltas por
los lugares equivocados. Llegamos, bajamos todo nuestro equipaje que no parecía
ser para una noche y medio día, sino un trasteo de una gran casa familiar.
Después de instalados, nos dirigimos a
una casa humilde pero muy generosa que nos tenía preparado una deliciosa carne
a la llanera, muy bien adobada, yuca cocida y arroz que les aseguraba que
íbamos a quedar muy llenos. Casi como el chulo, devoré la carne y algo de la
yuca y al mirar a mi alrededor, dos gentiles amigos míos esperaban por el resto
de mi comida.
Llegaron las siete de la noche y se
inició la reunión, en la que tuve la oportunidad de hacer algo que me gusta
mucho para alguien muy especial para mí, cantar, saltar, gritar, escuchar,
disfrutar, reír. Luego que terminamos la reunión, cerca de las diez y treinta
de la noche, nos dirigimos a una cancha que no estaba muy lejos, a realizar los
partidos que habían sido pactados unos días antes con los chicos y chicas del
lugar. Como siempre, yo hago parte de la tribuna, de los que se disfrutan los
partidos, riéndose de las malas jugadas, sufriendo por los buenos y malos
pases, y celebrando los goles del equipo favorito. Cerca de las doce de la noche tuvimos que dirigirnos al lugar que nos habían asignado para dormir y
milagrosamente fui ubicada en una habitación con aire acondicionado, que es un
alivio enorme frente al calor de aquel lugar y la incomodidad grata que produce
dormir en un lugar diferente por decisión propia. Por largo rato, escuché las
risas, los gritos, las recochas de mis amigos que al fin dejé de escuchar en lo
profundo de mi sueño.
Al otro día, fuimos despertados por la
amenaza de no llevarnos a los pozos si no nos levantábamos. Rápidamente, todo el
mundo estaba de pie, listo para ir a desayunar e ir al pozo que vacilaba entre
uno que tenía entre cuatro o cinco metros de profundidad y otro que solo tenía
uno con cincuenta. Indudablemente, escogieron llevarnos al menos hondo, pues
nuestras capacidades nadadoras no eran comparables a las de nuestros
anfitriones. Fue un tiempo especial, al principio había algo de hoja,
pero luego se mejoraba con algunas piedras y arena. Sentí cómo mi cuerpo se
relajó mientras estaba dentro del agua y lo sentía tan liviano y tan deleitado
a causa del calor que no cesaba.
Salimos del pozo y nos dirigimos de
nuevo en el transporte hacia nuestro pueblo de origen, pero esta vez todos callados y dormidos porque el
cansancio y el sueño hizo de las suyas. Cerca de la una y treinta de la tarde
llegué a mi casa y ahora me encuentro sentada recordando todo esto que es solo
lo superficial de lo que realmente pasó y que me permite mirar hacia mis días
pasados y decir que en su mayoría mis fines de semana son maravillosos por
simplicidades de momentos que lo conforman como estos.
Debo admitir que pensé, luego de terminado mi sexto
semestre, que no volvería a acordarme de este espacio. Sin embargo, hoy
vuelvo otra vez, con la excusa de que debo continuarlo para la misma materia
del periodo pasado y me encuentro con tantos trabajos en los cuales están
inmiscuidos tantos recuerdos de anécdotas por las que tuve que pasar para
producir cada uno de los resultados que están puestos aquí y dispuestos a
permanecer en la virtualidad, pero también en mi memoria.
En esta ocasión en el curso de Didáctica II
nos enfocaremos en la producción de crónicas, y, pensándolo bien, si quisiera
podría escribir cientos de crónicas de cada evento que sucede en mi vida. Por
lo pronto, me voy a referir a uno en especial: Mi fin de semana.
Mientras
llega el lunes…
Por: Patricia
Figueroa
Hay un concepto de fin de semana que se
maneja entre la gente y es el que señala al sábado y domingo como
los días de remate en que no se va a trabajar ni a estudiar. Sin embargo, al
mirar el calendario por el que estamos regidos, de estos dos días solo uno
corresponde al final y el otro al principio de la semana. Desde este punto, el
descanso que nos otorga la ley y la cultura corresponde a los mejores días de
una secuencia imaginada.
En algunos casos especiales, los fines
de semana no sugieren solo estos dos días, ya que el mismo cerebro consiente o
inconscientemente, se ha encargado de prolongar este periodo de tiempo uno o
hasta dos días, y en otros casos de personas extra especiales, se ha alargado
todo el resto de días.
En mi caso, comienzan los preparativos
para este periodo de tiempo desde el día jueves. Por esta fecha, en la que he
vuelto de unas vacaciones cortas y muy agitadas, solo llevo tres días de estar
otra vez en la ciudad bonita y ya estoy pensando en irme de
aquí. No es que no me guste ni que no me amañe, simplemente la sangre, la
tierrita y el calorcito sabanero me llama a gritos y yo muy sumisa acudo a su
llamado. Así, pues, decidí hacer mis maletas desde ese momento, pues al día
siguiente no tendría mucho tiempo para eso y nada de lo requerido se podía
quedar por falta de planificación.
El viernes, prácticamente ya en el
respiro deseado, asistí a mi nueva clase de Didáctica de la lengua materna II,
en la que recibí la noticia de que debía escribir los sucesos del fin de
semana. ¡Nooo, trabajo para el fin de semana! ¡Bueno, qué se le puede hacer!,
me dije. Luego, asistí a mi primera clase de inglés, en la que por fin me pude
ubicar y que no resultó ser tan angustiosa ni preocupante como me la había
imaginado. Felizmente, me dirigí a mi cuarto, luego de un delicioso almuerzo; tomé mis maletas y abordé el carrito que muy gentilmente por veinte mil pesos,
estuvo dispuesto a llevarme a mi pueblo. ¡Ah, qué alegría! En mi mente se dibujaban
todos los planes que hasta el momento estaban en lista, pero que muy
nubladamente me los imaginaban de una y de otra forma porque no tenía
realización hasta el momento.
Dos horas y media después, me
encontraba en mi casa, olvidando el caluroso viaje que me adormeció por el
trayecto y lista para salir con mis padres a comer algo y a disfrutar de
nuestra compañía. Buscamos por todo el pueblo un lugar que satisficiera todos
nuestros distintos gustos, pero no hayamos otro, más que el restaurante Donde
Tota, que fue capaz de darle a mi papá una lengua en salsa, a mi mamá
un caldo con huevo y arepa y a mí una deliciosa hamburguesa de pollo,
acompañados de un jugo de tomate de árbol, otro de lulo con leche y,
finalmente, un milo.
Ya el sábado, no tenía mucho afán de
madrugar, por esa razón, me permitieron dormir hasta las 8:30 de la mañana, en
la que tuve que desayunar con una parte de la hamburguesa que yo había guardado
para el otro día. Encendí el televisor y traté de ver la continuación de una
película que se llama pantalones en verano, o algo así, pero cuando se
ponía más emocionante, se dañó la señal y no quise seguir esperando a que se
dignaran a arreglarla.
Se acercaban las tres de la tarde y en
mí se aumentaba una emoción muy fuerte, pues se acercaba la hora en que algunos
chicos de mi iglesia y yo viajaríamos a un lugar llamado Puente Sogamoso a
reunirnos con los muchachos de allá para realizar una reunión juvenil y pasar
la noche y parte del domingo en la mañana. Así fue, a las tres de la tarde me dirigí
hacia el lugar de encuentro en el que muy puntualmente ya se encontraba la
mayoría de los muchachos que tenían planeado ir. Esperamos como a cuatro o
cinto y listo, se encendieron los motores y a viajar. Hacía algún tiempo yo
había tenido la oportunidad de ir a aquel lugar, pero lo había hecho de noche y
en unas circunstancias que no me habían permitido disfrutar del paisaje ni del
viaje. Calor, viento, risas, fueron el complemento que hicieron el trayecto
agradable.
Y, luego de una hora y media, nos
encontramos a la entrada del pueblo, perdidos y con varios guías que a la larga
estaban perdidos igual o peor que nosotros. Por fin encontramos el lugar, luego
de treinta minutos de recuerdos vagos que habían hecho que diéramos vueltas por
los lugares equivocados. Llegamos, bajamos todo nuestro equipaje que no parecía
ser para una noche y medio día, sino un trasteo de una gran casa familiar.
Después de instalados, nos dirigimos a
una casa humilde pero muy generosa que nos tenía preparado una deliciosa carne
a la llanera, muy bien adobada, yuca cocida y arroz que les aseguraba que
íbamos a quedar muy llenos. Casi como el chulo, devoré la carne y algo de la
yuca y al mirar a mi alrededor, dos gentiles amigos míos esperaban por el resto
de mi comida.
Llegaron las siete de la noche y se
inició la reunión, en la que tuve la oportunidad de hacer algo que me gusta
mucho para alguien muy especial para mí, cantar, saltar, gritar, escuchar,
disfrutar, reír. Luego que terminamos la reunión, cerca de las diez y treinta
de la noche, nos dirigimos a una cancha que no estaba muy lejos, a realizar los
partidos que habían sido pactados unos días antes con los chicos y chicas del
lugar. Como siempre, yo hago parte de la tribuna, de los que se disfrutan los
partidos, riéndose de las malas jugadas, sufriendo por los buenos y malos
pases, y celebrando los goles del equipo favorito. Cerca de las doce de la noche tuvimos que dirigirnos al lugar que nos habían asignado para dormir y
milagrosamente fui ubicada en una habitación con aire acondicionado, que es un
alivio enorme frente al calor de aquel lugar y la incomodidad grata que produce
dormir en un lugar diferente por decisión propia. Por largo rato, escuché las
risas, los gritos, las recochas de mis amigos que al fin dejé de escuchar en lo
profundo de mi sueño.
Al otro día, fuimos despertados por la
amenaza de no llevarnos a los pozos si no nos levantábamos. Rápidamente, todo el
mundo estaba de pie, listo para ir a desayunar e ir al pozo que vacilaba entre
uno que tenía entre cuatro o cinco metros de profundidad y otro que solo tenía
uno con cincuenta. Indudablemente, escogieron llevarnos al menos hondo, pues
nuestras capacidades nadadoras no eran comparables a las de nuestros
anfitriones. Fue un tiempo especial, al principio había algo de hoja,
pero luego se mejoraba con algunas piedras y arena. Sentí cómo mi cuerpo se
relajó mientras estaba dentro del agua y lo sentía tan liviano y tan deleitado
a causa del calor que no cesaba.
Salimos del pozo y nos dirigimos de
nuevo en el transporte hacia nuestro pueblo de origen, pero esta vez todos callados y dormidos porque el
cansancio y el sueño hizo de las suyas. Cerca de la una y treinta de la tarde
llegué a mi casa y ahora me encuentro sentada recordando todo esto que es solo
lo superficial de lo que realmente pasó y que me permite mirar hacia mis días
pasados y decir que en su mayoría mis fines de semana son maravillosos por
simplicidades de momentos que lo conforman como estos. domingo, 15 de abril de 2012
Técnicas de comunicación visual, según D.A. Dondis
1.Equilibrio
2. Inestabilidad
3. Simetría
4. Asimétrico
5. Regular
6. Irregular
7. Simplicidad
8. Complejidad
9. Unidad:
10. Fragmentación:
11. Economía
12. Profusión
13. Reticencia
14. Exageración
15. Predictibilidad
16. Espontaneidad
17. Actividad
18. Pasividad
19. Sutileza
20. Audacia
21. Neutralidad
22. Acento
23. Transparecia
24. Opacidad
25. Coherencia
26. Variación
27. Realismo
28. Distorsión
29. Plana
30. Profunda
31. Singularidad
32. Yuxtaposición
33. Secuencialidad
34. Aleatoriedad
35. Agudeza
36. Difusividad
37. Continuidad
38. Episodicidad
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